La mayoría de los sistemas empresariales asume que alguien está frente a una pantalla.
Ese diseño funciona para una persona. Un agente necesita otra forma de interactuar con el mismo proceso.
No basta con darle acceso a la interfaz y esperar que haga clic como un usuario. Para operar de forma controlada, el sistema debe exponer acciones con entradas definidas, permisos limitados y respuestas que permitan distinguir éxito, error y tarea pendiente.
La persona, por su parte, sigue necesitando ver el contexto, intervenir en las excepciones y confirmar las decisiones que no corresponde delegar.
Por eso conviene diseñar dos experiencias sobre una misma lógica de negocio:
- Una interfaz humana para comprender, decidir y corregir.
- Una interfaz para agentes con contratos explícitos y alcance restringido.
- Un registro común que permita reconstruir qué se pidió, qué se ejecutó y qué quedó sin resolver.
Si cada canal implementa sus propias reglas, las decisiones empiezan a divergir. La arquitectura debe mantenerlas en un lugar compartido, independientemente de quién inicie la acción.
Diseñar para IA no es reemplazar a quien usa el sistema. Es permitir que personas y agentes colaboren sin perder límites ni trazabilidad.

