Una interfaz de usuario no basta para que un sistema pueda ser operado por agentes de software.
Si otro software va a solicitar acciones, la arquitectura debe dejar claros:
- qué capacidades expone;
- qué identidad y permisos se requieren;
- qué datos y validaciones protegen cada operación;
- qué evidencia queda registrada;
- cuándo hay que detenerse y pedir una decisión humana.
Esto no se resuelve añadiendo un chat encima de la aplicación. Requiere contratos explícitos entre componentes y controles sobre las operaciones que cambian información o estado.
La pregunta de diseño ya no es solo qué ve una persona en pantalla. También es qué acción puede solicitar otro software, bajo qué condiciones y cómo sabemos qué ocurrió.
La automatización necesita límites legibles para que el sistema siga siendo seguro y operable.

